El Ultimo Molino

4:52 pm Añoranzas de P.P.

El Ultimo Molino

El último molino en pie en P.Padre.

Hace unos días recibí, de un buen amigo mío, la foto que encabeza a este escrito. ¡Que título más apropiado para una novela, o para una película!   Y que escena tan tristemente impactante  para los puertopadrenses, por lo menos para los que, como yo, se entristecen cuando se enteran de la desaparición de algún elemento histórico de nuestro pueblo.  Lo que la foto muestra representa el último vestigio, no solo de una era, sino de lo que llegó a ser un símbolo icónico de nuestro terruño.  Los molinos de viento de Puerto Padre dieron lugar a que  nuestro pueblo fuera bautizado con el apropiado apodo de “La Villa de Los Molinos” para competir con  el otro, no menos válido titulo: “La Villa Azul”. 

Cuando yo era muy pequeño, mi primer objeto de admiración por las cosas mecánicas  fue un viejo molino que se erguía majestuoso en el patio de la casa de mis abuelos.  Aquel complicado y maravilloso conjunto de angulares atornillados, rueda con aspas, mecanismo con engranajes, veleta y tubos, constituía un motivo de curiosidad perpetua y mi adicción era tal que  pasaba largos ratos admirando su funcionamiento. 

 Uno de los primeros héroes de mi niñez  fue, por algún tiempo, un popular personaje que se dedicaba a trabajos de plomería y era especialista en arreglar molinos. “El Yigre” cautivó mi admiración el memorable día que respondió a una llamada de mi abuelo, para que le diera mantenimiento a su molino, cosa que no ocurría muy frecuentemente. El experimentado  técnico  llegó con sus largas  “llaves inglesas”, sogas, aparejos, y otros útiles de trabajo y, demostrando un valor asombroso, subió ágilmente la imponente escalerilla de la torre hasta la precaria plataforma de acceso, situada debajo del mecanismo que convertía el movimiento rotatorio de la rueda de aspas a la acción reciprocante que movía el émbolo de la bomba, en las profundidades del pozo. 

Mi admiración por El Yigre dio origen  a que yo tomara, en ese entonces, la firme determinación de convertirme en mecánico de molinos, cuando fuera más grande.  Ese compromiso duró  hasta que, algo mas tarde, conocí a Plácido quien era el chofer de uno de los pocos camiones del pueblo.  Plácido y su formidable camión fueron la causa de que yo, no solo añadiera un nuevo miembro a mi lista de admirados  héroes, sino que también alterara mis planes en cuanto a lo que definitivamente sería mi futura carrera en la vida: Chofer de camión. Mi amor por los molinos, sin embargo, permaneció incolume. 

Cuando tuve edad para sentir inquietud por asuntos más espirituales y esotéricos (unos 9 años), tuve algunas experiencias relacionadas con los molinos que merecen ser mencionadas.  Esto requiere una explicación previa sobre su funcionamiento:  

Uno de los elementos importantes de un molino es su veleta. Esta consiste de un brazo horizontal en  uno de cuyos extremos esta fijada una lámina metálica, de forma triangular o trapezoide, y el otro extremo está conectado al mecanismo central que permite que el conjunto gire libremente en todas las direcciones en el plano horizontal.  Estando la veleta normalmente posicionada perpendicular al plano de la rueda de aspas se logra que esta última siempre presente su cara frontal al viento, no importa de que dirección esté soplando. 

Hay ocasiones cuando se requiere que el molino deje de funcionar, es decir que sus aspas dejen de girar y  por consiguiente el molino se pare. Las razones para esta paralización, casi siempre temporales, pueden ser, bien que el tanque de depósito de agua ya esta lleno o que haya demasiado viento, o cualquier otro motivo momentáneo de tipo mecánico o de seguridad.  Para esto, existe un cabrestante cuyo  cable va conectado a un mecanismo abisagrado que permite, desde el suelo, plegar la veleta en forma tal que cause que la rueda de aspas presente al viento reinante no su cara frontal sino su borde periférico, esto causa que las aspas dejen de girar y el molino se para.  

Ahora bien, resulta que, cuando un molino se encuentra en ese modo de no-operación,  sus aspas no giran pero el conjunto completo de rueda, mecanismo y veleta si  puede girar en el plano horizontal, según se produzcan cambios en la dirección desde donde sopla el viento.  Esto, sobre todo cuando el mecanismo de giro está algo falto de grasa (cosa frecuente), causa que el molino emita, ocasionalmente, ruidos metálicos que resultan muy peculiares y enigmáticos, mas aún, si se escuchan en la quietud de la noche. 

Y así sucedía que, en aquellas noches cuando el sueño tardaba en cerrar mis ojos, y esto coincidía con que algún molino cercano estuviera provisionalmente parado, los sonidos que este producía, en los momentos menos esperados, eran objeto de innumerables interpretaciones y conjeturas, productos de mi infantil e hiperactiva imaginación.  En ocasiones pensaba que esos molinos aprovechaban la oscuridad de la noche para impersonar a severos maestros con el fin de  regañar  a todos los niños del barrio que se habían portado mal durante el día. Otras veces, los ruidos me parecían ser tristes alaridos y lamentos y yo me cuestionaba cual podría ser el motivo  de aquellas quejas de unas máquinas que para mí eran perfectas. 

Hubo otras ocasiones en las cuales, encontrándome en el medio de una horripilante pesadilla, el  afortunado “grito” de un molino acudía a despertarme, en el instante preciso cuando estaba a punto de ser alcanzado por mis maléficos perseguidores o de caer por un aterrador abismo.  Lo más intrigante era que el fortuito grito del molino, que me hacía despertar, siempre  coincidía con mí desesperado grito en la pesadilla, y yo me preguntaba como era posible que el molino se enterara tan oportunamente de mi desagradable infortunio.  

Estas deliberaciones filosóficas sobre  los ruidos causados por los molinos, y sus  insondables razones y propósitos, persistieron por algún tiempo hasta que al fin, una noche memorable, de evidente iluminación, teniendo en cuenta que los ruidos ocurrían solamente cuando los molinos estaban parados, llegué a la trascendental conclusión de que sus gritos y alaridos, en la apacible calma de la noche, eran en realidad sus vigorosas expresiones de protesta ante la aplicación de la, para ellos, injusta medida que impedía que sus aspas giraran libremente. 

En el 1951, con 20 años de edad, regresé a Puerto Padre, después de 7 años de ausencia en los EE.UU. Para ese entonces, el número de molinos, que en una época se contaban por  cientos, comenzaba a declinar ante el ímpetu de nuevas tecnologías. El viejo “Yigre” paulatinamente fue cediendo espacio al dinámico “ Kinde” Sanchez, quien se dedicaba a instalar turbinas eléctricas.  Algunos molinos, reemplazados por las más eficientes instalaciones, fueron impiamente desmantelados.  Otros, cuyos dueños quizás conservaban  algún sentimiento de agradecimiento por los años de servicio cumplido, sencillamente  los jubilaban y estos permanecían parados, sin mantenimiento y expuestos a la acción corrosiva del salitre que eventualmente, algo piadosamente  postergado,  hacía necesario su inevitable desmantelamiento. 

En el 1962, ante la inminencia de mi salida del país camino al exilio, fui a despedirme del  viejo amigo de mi niñez, el molino de mi abuelo.  Para ese entonces, la vieja casa había cambiado de dueño y me vi obligado a disfrazarle, un tanto, al nuevo propietario, el verdadero motivo de mi visita.  Cuando estuve frente a la torre del molino, de inmediato recordé una escena casi olvidada de mi niñez.  En ella estaba mi abuelo regañándome severamente cuando me sorprendió trepando por la escalerilla del molino, casi hasta la alta plataforma.  Por cierto, en esa ocasión, de nada me sirvió que le explicara a mi abuelo que yo estaba destinado a seguir los pasos del Yigre. 

Continué mirando aquel antiguo objeto de mi admiración con la esperanza de ver con ojos de (la ya perdida) inocencia y de sentir, con  corazón de niño, las dulces vivencias de tiempos pasados, pero no lo logré.  Sin embargo, recordé vividamente mis deliberaciones filosóficas, en mis ratos de infantil insomnio, sobre las razones que llevaban  los molinos a  quejarse y esto me hizo levantar la vista hasta donde la vieja rueda de aspas, ya algo maltratada por los años, giraba alegremente, con el cielo azul celeste de trasfondo, arrancándole con cada giro intermitentes destellos al  sol mañanero.  Esto fue motivo para considerarme más que recompensado en mi visita y me sentí feliz.  Le di simbólicamente  a mi viejo amigo un abrazo y le prometí solemnemente que, si Dios me lo permitía,  regresaría a verlo…   algún día. 

Pasados los años, resulta verdaderamente irónico que el dueño del  último molino que queda  en pie en La Villa de Los Molinos, sea precisamente Kinde Sanchez, la persona que de cierto modo y por razones coyunturales, fue partícipe indirecto en el proceso de desaparición de los molinos. Sin embargo, conociendo como conocí a  Kinde, tengo la plena seguridad de que el hecho de que su molino se haya mantenido en pie hasta este momento es un testimonio más que elocuente de que él estaba plenamente conciente del indudable valor simbólico del mismo. 

Si algún día, mi sueño de regresar a Puerto Padre se hace realidad, estoy seguro que, cuando llegue la noche y ponga mi cabeza sobre la almohada para descansar, todos mis sentidos,  indudablemente algo atenuados por la edad, en lo físico, pero en lo espiritual posiblemente agudizados por la sensibilidad que se puede haber ganado a lo largo de la vida, estarán atentos y a la expectativa, con la quimérica esperanza de escuchar, quizás por ultima vez, las melancólicas quejas de los viejos molinos de mi pueblo, que en la quietud de la noche se niegan a aceptar la injusta  prohibición a que sus aspas giren libremente, impulsadas por la suave brisa nocturnal de nuestra amada villa.  

 Arístides J. Labrada
 Miami, Primavera del 2008

 

1 Respuesta

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  • #1 Sarai dice:

    Maravilloso artículo digno de su autor, con una cubanía sin igual y con un sentimiento sin limites que se desborda de cada palabra expuesta. Bella y triste historia, la de los molinos de PP, y la de esta persona que se ve que ha puesto su corazón al escribir este hermoso artículo. En hora buena Sr. Labrada, lo felicito, me encanta leerlo, su estilo es magistral. Saludos Sarai