Los Olores en Cuba. - A. J. Labrada (Copia de publicación en Soc. Cult.Cuba)


En muchas ocasiones, cuando me reúno con mis hermanos y otros miembros de la familia, la conversación invariablemente se torna a como eran las cosas en Cuba. Y, aunque la mayoría de los que componemos este grupo ya llevamos treinta y tantos años sin visitar la isla, es curioso cuanto placer sentimos recordando cosas de nuestra patria, sencillas y triviales, pero que a través del tiempo y la distancia han ido adquiriendo un gran valor para nosotros. La última vez que nos reunimos, el tema fue la percepción de los olores en Cuba en comparación con los mismos fuera de ella.

En principio, casi todos estuvimos de acuerdo en que los olores en Cuba eran más intensos y penetrantes. Algunos, con ínfulas de viajeros experimentados, aseveraron que habían olores en Cuba que no se encontraban en ninguna parte del planeta. Sin embargo, la facción más joven del grupo, encabezada por mi sobrina Lillian, nacida en New York, abogada al fin, fríamente argumentó que simplemente se trataba de una idealización más de viejos exiliados. Mi hijo Glenn, nacido en Miami, respaldó a Lilian recordándonos el consabido caso del exiliado que aseguraba que los bombillos en Cuba eran mejores. Y, finalmente Percy, mi otro hijo, que vino de Cuba con 16 meses de edad, con la lógica propia de su profesión de cientifico de computadoras, remachó el caso diciendo que mucho se podía atribuir a que, cuando uno es joven, posee un mayor sentido del olfato y que el mismo se va atenuando con los años.

Los viejos (definición del grupo joven) no nos dejamos amedrentar y, sin desalentamos, procedimos a informar a los que se habían atrevido a contradecirnos, que ellos no eran los más indicados para dar una opinión válida ya que nunca habían tenido el privilegio de estar en Cuba, con excepción de Percy que si había estado pero que con 16 meses no se acordaba de nada. Y así, cada uno de nosotros fue presentando ejemplos de olores Cubanos peculiares e inolvidables.

Mi hermano "Nene" y yo, estuvimos de acuerdo que entre los primeros a mencionar estaba el olor del campo por la mañanita. Cuando nosotros éramos niños solíamos pasar las vacaciones en la pequeña finca de tío Heberto, que se dedicaba a la apicultura. El tío nos hacía levantar bien temprano, cuando la bruma todavía se resistía a cederle el paso al sol. Verdaderamente ese olor que es una mezcla de rocío, manigua, tierra arada, flores silvestres, árboles aromáticos, y que se yo cuantos otros ingredientes, era único e inolvidable. Asimismo, recordamos el olor del campo cuando se avecinaba un aguacero, poco antes de que el agua nos alcanzara.

Mi hermana mayor, "La Niña", nos recordó el olor en una venduta. Una venduta era el nombre que se le daba en Oriente a una tenducha donde se vendía mayormente frutas y viandas. Lo cierto es que el olor de los racimos maduros de "guineos" (una variedad de banana) se mezclaba con el de las piñas, naranjas, guanábanas, nísperos, anoncillos y mameyes y eran reforzados por los de ñame, calabaza, plátano maduro, raspadura, queso blanco y otras golosinas. El aroma que resultaba de este cóctel vendutero era simplemente especial y lo perseguía a uno media cuadra después de haber salido semi embriagado del establecimiento.

Mi otra hermana, "Manena", hizo referencia al olor de la nochebuena. En nuestro pequeño pueblo, en la costa norte de la provincia Oriental, cuando único se veian frutas exóticas, es decir otras que no fueran criollas o tropicales, era en la época de las navidades. El caso es que, un buen tiempo antes de la nochebuena, las tiendas de alguna categoría, se abarrotaban de manzanas, peras y uvas además de los indispensables turrones, nueces y avellanas. Por alguna razón desconocida, el dulce olor que estos productos producían era algo que, sin exageración, se podía detectar a muchos metros de distancia de esas tiendas.

Y así, otros mencionaron, muchos aromas Cubanos. El de un buen tabaco en proceso de ser fumado por un criollo. El olor de las cafeteras en las paradas de las guaguas. El olor empalagoso de un central azucarero en plena zafra. El de la trastienda en un establecimiento de víveres. El de un caldero friendo chicharrones. El de una talabartería. El de colonia Guerlain en una guayabera de hilo. El de las sábanas recién almidonadas y planchadas. El de una criolla emperifollada, abanicándose al pasar. El de una panadería por la madrugada. El de un montuno de tierra adentro. El de Violetas Rusas en el cabello de un niño en la misa.

En realidad, no se si logramos convencer a la facción joven del forum familiar pero, de todas formas, disfrutamos mucho al recordar esos aromas y olores que, tal vez, después de todo, no fueron tan espectaculares como pretendemos y cuyas virtudes quizás ya no existen más que en nuestra nostálgica imaginación.

Miami, Primavera del '98

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