"El Guateque" - por Miguel Leyva Ramos

El Guateque

Era una mañana de domingo con olor a fritangas y bostezos; se sentía el morboso sopor -con su modorra- y un aire húmedo, caliente, cargado de fragancias. Esta quietud sólo se alteraba por graznidos de carairas y voces de chiquillos que corrían hacia el río a pescar la biajaca o, quién sabe, si a espantar a pedradas los totíes. Sin duda: la mañana de sonrisas y sorbos de café no presagiaba lo que acontecería. Podía haber sido una mañana más; pero la suerte cabalgaba dormida sin percatarse de que, arremolinada alrededor de la tinaja, danzaba eterna la retorcida trampa.

Como todos los días, Taíta José lleva a cuestas sus años hacia la casa mayor -al centro del batey- donde Candita prepara su café carretero, que José sorbe brevemente en su jícara para, luego, continuar con su rutina. Se asea y se viste con pantalón de dril, sombrero de yarey, guayabera, zapatos a dos tonos y sale con la prestancia de un orisha, derramando blancura. Sólo cuando el Taíta arrasta sus pasos por el terraplén, en el pueblo amanece.

Al final del camino, por un callejón empedrado, entre un montecino de tamarindos y ceibos rodeado de buganvillas y mariposas, hay un bohío sin cerrojos ni puertas. Allí vive el anciano, allí reposan y habitan desordenados sus recuerdos allí tiene su altar. Allí el colibrí y el sol le prestan sus colores a Ochumaré para coronar a Yemayá, quien con amor rezuma miel en la mañana, otorgando su bendición al hombre que feliz expande su canto: ¡Maferefun Obbatalá!, ¡Maferefun Shangó!, ¡Maferefun Yemayá! Mientras, a repique de cuero, una negra conjura el delirio que encierran sus caderas:

Siacara! entona a viva voz una dulce canción: El día es un canto de gracia al sol y a la fuerza que lo habita. José alimenta sus dioses con frutas secas y agua de arroyo. Se inclina ante el altar con humildad, hace repicar tres veces la sonaja y es como si se dejase escuchar la voz del santo en respuesta al llamado del viejo babalocha. Entonces aparece el coco, fruto mayor. Sin él no hay santería. Lo toma entre sus manos, levanta sus manos en señal de ofrenda y le bendice dejándole caer. Con un seco sonido se quiebra y de su seno brota, manantial, el agua que acaricia la tierra donde se esparce.
El Taíta recoge al azar cuatro pedazos y con sus dedos redondea las partes, dándole de comer a los orishas y a los buenos espíritus con las migajas que pellizca, pidiéndole se manifiesten y bendigan al día: es el obipikuti. El silencio sagrado corta el aire impregnado en olor a guayaba, cómplice del santero quien antes de la tirada, musita un rezo secular: "¡Atanú Che Odda elfú aro mo be aché mimó aro mo be omu tuto ana tutu tutu laroye!". Cierra su mano izquierda, toca el suelo varias veces y dice: "Ile, moku kuele mi, untori ku, untori aro, untori eyé, untori ofo, untori mo de li fun loni:. La tirada comienza; el azar domina todo. La mano se abre, deja caer el acertijo y así, como milagro, parece la letra. Letra mala: es sagrada y es firme. El negro se persigna e invoca: "no haya muerte". Pero sabe que la muerte ya acecha. Cantan los gallos y la sombra del Taíta en el terraplén se desvanece. María Mercé se revuelca en su catre, se estira y estruja los ojos en señal de fastidio. Mira por la ventana cómo Mamá Dominga ordeña a Pijirigua y se levanta de repente. Está desnuda y brilla y se vuelve a estirar y se toca las tetas, tan turgentes y duras como caimito verde. Tiene la piel canela, suave, morena, fruta madura. Un cuerpo que es delirio con sus altas montañas que bajan lentamente. Se mira varias veces al espejo sonriéndose gustosa y se da unas nalgadas en las inmensas carnes donde alguno del pueblo ha soñado perderse. Se pone una bata que marca su figura y sale al patio; la gente no parece notarla. Va al aljibe, saca un balde con agua y lo lleva a la recámara, y comienza a lavarse la entrepierna que frota, acaricia, mientras piensa en José. Mediodía. Olor a macho asado en púa se mezcla con los tragos de aguardiente. Una nena de tímidas trenzas pide el rabito del puerco al asador mirándole fijamente. José se queda absorto unos instantes hasta que una frase lo hace reaccionar: "Avemaría purísima, María Mercé, otra ve moletando al muchacho. ¡Qué vejiga más liera me ha salío, carijo! " José vuelve a sonreír y María Mercé, con sólo nueve años, sabe con quien quiere pasar el resto de su vida. Es día de jolgorio. Un grupo de chicas vestidas y olorosas se divierten, cuchicheando socarronamente y auxiliándose de sonrisas, abanicos, pañuelos. Comienza el guateque y los monteros con sus brazos tiernos, sus besos y sus miembros duros por la falta de hembra durante la semana de faena, están por ingresar al barracón. Dos repentistas irrumpen con la infaltable controversia, acompañados por guitarra, laúd y tres. El primer hombre, guitarra en mano, canturrea:

Cuando un potro se enamora

y de una yegua se mete

seguro se forma el brete

al ratico y sin demora...

El segundo contesta:

trota libre a toda hora

no se detiene a pensar

mas cuando le va a ensillar

su jinete, se cabrea

y relincha y corcovea

sin que le pueda montar.

La respuesta de un tercero no se hace esperar:

Así el caballo flechado

por los ojos de su yegua

no tiene paz ni da tregua

cuando le quieren atar

lo que desa es saltar

de una vez a la pradera...

Otro repentista, con picardía, remata el cantío:

...donde la potra cerrera

seguro le va a esperar

y entonces sí, se va a armar

la tremenda jodedera.

Se escuchan aplausos y risas, no se puede precisar si es por las décimas recién improvisadas o por la llegada de los hombres al batey. Hay música, comida, tragos, urgencias, sueños, hombres y mujeres. El instinto y el azar hacen el resto. De momento, María Mercé siente una mano inmensa que la sostiene firme y la estrecha y la palpa desesperadamente. Por temor, al principio no puede responder, pero al instante cede al deseo y comienza a bajar lentamente, explorándolo todo, y trata de domar con sus pequeñas manos ese potro bravío que se retuerce convulsivo, vibrante, lujurioso. Y en un siglo de comunión perfecta, se mezclan los fluidos, se comparten sabores, cuando dos se descubren amándose al final en estado de gracia. Así fue que José, mientras sacaba su miembro todavía semierecto y exhausto, se juró que amanecería eternamente al lado de su hembra. El Taíta se estremece al escuchar estrepitosas carcajadas, abre los ojos y no puede creer lo que está viendo. Está desnudo y solo, en el centro del salón con el cuerpo arruinado por los años, sin fortalezas, sin resguardos. Mira a su alrededor y ve frente a sí mismo a aquel José, sonriente, con la niña Mercé manoseándose y haciendo cochinadas. Y cierra los puños, desenvaina el machete, arremete con frenesí contra el joven que fue y de un solo tajo le raja el pecho en dos. María Mercé se esfuma como el miedo y el viejo se retira del baile con pasos lentos, semejándose al sol con su explosión de colores. Su silueta se pierde en el terraplén. Llega a su casa, se recuesta...duerme...Confundiendo el ayer se escapa del olvido y despierta maravillado, sudoroso: soñando que está muerto. Cuentan que, desde esa noche, el sol no ha vuelto a aparecer por el batey.

  Sometido por A. Labrada

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