cayo

Remembranzas

Quiero dedicar estas líneas, extraídas desde lo más recóndito de mi memoria, a mis padres, Ricardo De La Rosa Rosende y Eulalia Machado Montes de Oca.

El siguiente relato no tiene pretensiones históricas ni literarias, siendo su  única intención describir vivencias de mi infancia.

 Aunque perduran indelebles recuerdos, que espero exponer fidedignamente, siempre existe la posibilidad de que algunos datos pudieran contener erratas.

Algunas veces el tiempo es cruel e inexorable.

Richard
Miami, Mayo del 2008

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 EL VIAJE

 

Lanchita rumbo a El Cayo

 

Navegaba la lanchita, lenta, pero persistentemente, rumbo a su destino, el Cayo Juan Claro.

 

El rítmico sonido del motor de sesenta caballos de fuerza lanzaba quejidos lastimeros, como queriendo expresar lo tedioso de su trabajo, el esfuerzo inmenso de mover aquel barquichuelo sobrecargado de personas, sobre un mar, cuyas olas, aunque no peligrosamente altas, sí algo inquietas.

 

Había quienes se habían instalado no solamente en la popa, sino también sobre el techo y ambas bordas.

 

Sentado en una de ellas, con su espalda muy cerca del agua, iba  un señor llamado Segundo Betancourt, muy famoso  por sus chistosas ocurrencias, quién, poniéndose de pie súbitamente al ser salpicado por una ola exclamó: -¡Se me ha mojado el As de Oro!”.

 

Yo me había acomodado en la proa, debido al panorama privilegiado que me ofrecía ese lugar.

 

En aquella época de mi vida, la vista era larga, por ser la edad corta, y más que simples siluetas, podía distinguir en la lejanía diáfanos detalles de lo que me brindaba el horizonte.

 

Por mucho que indagué, nadie supo informarme en honor a que personaje le agregaron el apelativo Juan Claro.   En lo adelante, lo nombraré simplemente “El Cayo”.

 

Cuando atracamos a un pequeño muellecito, sus límpidas aguas, en contraste con las profundas de la bahía, permitían observar con nitidez el fondo del mar.

 

Se distinguían pececillos de múltiples colores, siendo tal la transparencia, que entusiasmado por su aparente cercanía, traté de capturarlos, logrando solamente empapar las mangas de mi camisa.

 

Para mi asombro, descubrí que había más de dos brazas de calado, encontrándose totalmente fuera de mi alcance.

 

Esa fue la inicial de innumerables sorpresas, así como la primera lección de las muchas que allí recibí.

 

Para mí, aquel paradisíaco lugar se convirtió súbitamente en un amor a primera vista.

 

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EL CAYO

 

          

El  Pedraplén hacia El Cayo

 

Mi padre había sido nombrado a una posición gubernamental, Inspector jefe de la Aduana en mi pueblo natal, Puerto Padre e íbamos a residir a El Cayo.

 

Tenía el progenitor de mis días la responsabilidad de aprobar los manifiestos, despachos y mercancías, de los navíos que arribaban a puerto, para descargar productos o llevar azúcar y miel de purga a distintos puntos del planeta.

 

Aunque le llamaban Cayo, el ingenio fecundo del hombre, sin tener en cuenta la poco avanzada tecnología de la época, logró convertir un islote en una península.

 

El General Mambí, Mario García Menocal, quien había sido Presidente de la Republica, elegido democráticamente por nuestros ciudadanos por dos períodos consecutivos, y líder del partido político Conservador, era asimismo un ingeniero muy talentoso, quien recientemente había consumado la construcción en nuestro municipio del Central azucarero “Delicias”, el mayor del mundo en esa época.

 

Dicho central, unido al ya existente “Chaparra” constituían dos colosos azucareros, con una enorme capacidad de producción.

 

Ambos eran propiedad de la empresa Cuban Ameriacan Sugar Mills,  la que subsecuentemente nombraré  “La Compañía”.

 

Ante la necesidad de encontrar un lugar conveniente para embarcar sus productos, ubicado en la cercanía de ambos centrales, que asimismo tuviera el suficiente calado para albergar todo tipo de buques, fue elegido El Cayo, lugar que reunía todas esas condiciones, menos una, que fue habilidosamente solucionada, cuando Menocal planeó y edificó una obra portentosa.

 

Rellenando las partes bajas de la bahía, conectaron aquella islita con la tierra firme, montando sobre el construido pedraplén  una vía férrea, así como tendidos eléctricos y telefónicos.

 

También fueron creadas en el lugar elegido todas las condiciones adicionales, imprescindibles para su buen funcionamiento, incluyendo viviendas.

 

Los almacenes destinados a guardar el azúcar eran enormes.   El mayor de ellos, por su gran tamaño era llamado “El Capitolio”.

 

Los tanques de miel eran también descomunales, siendo sus facilidades de bombeo hacia los buques cisternas las mayores y más modernas del mundo.

 

Cerca de los muelles se encontraba el Departamento Comercial, una tienda mixta propiedad de La Compañía, donde podían adquirirse gran diversidad de artículos, víveres, y enseres.

 

Frente a ese comercio se encontraba una “fonda”, cuyo propietario brindaba excelente comida, a precios razonables.

 

Por no ser demasiado extenso el territorio, además de estrecho y alargado, solo contaba con un número muy reducido de calles, cuya mayoría eran mas bien angostos callejones que separaban las residencias, no existiendo ningún tipo de automóviles o camiones, que por aquella época de los años treinta ya se hacían notar en muchas ciudades y pueblos.

 

Los medios de transportación se componían de tres carretones tirados por mulas, que se utilizaban con el propósito de acopiar la basura, repartir el hielo y acarrear agua para la limpieza y el aseo personal.

 

Todo otro movimiento urbano era efectuado a pie o en bicicleta.

 

Era de gran provecho para la administración de los ingenios que viviéramos en El Cayo y no en Puerto Padre, porque al no tener que aguardar por el viaje del inspector jefe cada vez que arribaba una nave de bandera foránea, los trámites se efectuarían al momento de su llegada, ahorrándose La Compañía el pago de cargos extra, que cobraban las empresas navieras por cualquier tiempo adicional que sus buques estuvieran ociosos en puerto.

 

Debido a esa conveniencia y la importancia del empleo de mi padre nos brindaron gratuitamente una de las mejores residencias del lugar, con otros beneficios adicionales sin cargo alguno, como teléfono, luz e hielo.

 

 

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El CHALET


Chalet

Todas las casas en El Cayo  habían sido construidas por La Compañía, para albergar las familias de  sus empleados.

 

A las mejores, reservadas para los ejecutivos, les llamaban “Chalets”

 

El que nos adjudicaron era muy amplio, situado cerca del extremo norte, en la mejor parte de la calle principal y convenientemente alejado de los embarcaderos y almacenes.

 

Era de recia construcción, edificado, en forma de “U”, montado sobre pilotes de aproximadamente cuarenta pulgadas de altura, con la finalidad de prevenir inundaciones.

 

El techo, corredores y los pisos habían sido construidos utilizando maderas de excelente calidad.

 

Al frente tenía un extenso portal, detrás del cual se encontraban, en el centro una sala de gran tamaño, donde mi madre pudo acomodar su piano sin dificultad, y a su lado, iniciando el ala izquierda, la amplia habitación de mis padres, seguidas por tres más, no tan extensas, destinadas a invitados y el servicio doméstico.

 

Detrás de la sala y el comedor, había un pequeño corredor techado, que conectaba las dos hileras de aposentos.

 

En el ala derecha, después del portal, estaba mi dormitorio, que aunque no era muy espacioso me gustó mucho, porque tenía una ventana con vista a la calle; continuando con un amplio comedor, seguido de la cocina, al fondo de la cual, separados por un pasillo, se encontraban dos cuarticos, que eran utilizados, uno para almacenar el carbón vegetal que alimentaba el fogón y otro que (no existiendo tuberías para duchas) era empleado para bañarse por medio de un “balde” y una lata, sobre el piso, que había sido convenientemente barrenado, para que el agua cayera bajo la casa.

 

Tenía un amplio patio rodeado por una cerca de madera, donde, con cierta separación de la vivienda, se encontraba una casita preparada para evacuar las necesidades fisiológicas, por no haber en todo el lugar agua corriente ni alcantarillado para inodoros.

 

Junto a la cerca derecha, que colindaba con un pequeño callejón, estaban situados dos bidones de madera, que se empleaban para almacenar agua destinada a la limpieza y el aseo personal.

 

 

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EL PRIMER RECORRIDO

 

                                                          

Cargando Miel

 

Debido a la previsora iniciativa de mis padres, habíamos desembarcado con solo un ligero equipaje de mano.

 

Al arribar a nuestro nuevo domicilio, los muebles, la mayoría de la ropa, utensilios y artículos personales, así como una factura de víveres habían llegado anticipadamente.

 

Todo había sido conveniente y anteladamente colocado en sus sitios correspondientes, cuando mis padres realizaron un viaje previo.

 

Llegando a la casa, Cuca, la cocinera, que ya estaba instalada desde el día anterior, comenzó a confeccionarnos un exquisito almuerzo, pidiéndonos que le concediéramos algún tiempo para terminarlo.

 

Mientras esperábamos, para aprovechar el intervalo, decidimos pasar revista los alrededores.

 

Como el lugar no era muy extenso, mis padres pudieron mostrarme varios sitios en los contados minutos que teníamos disponibles.

 

Pudimos ver de cerca los almacenes de azúcar, muelles, tanques, e instalaciones de bombeo.

 

Inspeccionamos el Departamento Comercial, donde tuvimos la oportunidad de conversar con su administrador, el señor Ríos, quien muy amablemente nos mostró las distintas secciones de que contaba, así como algunas mercancías.

 

Nuestra última visita fue a la fonda, donde, después de tomar un refrigerio, su propietario nos dio la bienvenida, obsequiándonos  con uno de los deliciosos postres que allí se confeccionaban.

 

Cuando regresamos a nuestro recién estrenado hogar, ya nada me era completamente desconocido, faltándome solamente volver a recorrer minuciosamente los lugares que brevemente había visitado, algunos de los cuales habían incentivado mi interés o curiosidad.

 

Sabía que mi estancia en El Cayo iba a ser extensa y me quedaba suficiente tiempo para efectuarlo.

 

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EL CLUB NÁUTICO



La Cornuda

A un lado del muellecito donde atracaban las lanchitas que iban y venían desde y hacia Puerto Padre y la playa de la Boca, se encontraba el Club Náutico.

 

Consistía de una amplia casa club, toda de madera, edificada encima del mar, sobre enormes pilotes.

 

Era administrado y subvencionado por La Compañía, a cuyo lugar solamente asistían, sin costo alguno de membresía, sus empleados de alto rango, invitados especiales, y por supuesto nosotros.

 

Su función primordial era proporcionarles a las familias de sus ejecutivos un lugar de esparcimiento, donde recrearse y socializar.

 

Había un lugar para la natación, cercado por grandes horcones, para guarecer a los concurrentes del peligro de los tiburones que pululaban por la bahía.

 

Comenzaba en la orilla, con una playita artificial que nunca era utilizada por la gran cantidad de erizos de mar que cubría su fondo, por lo que era conveniente nadar en la parte honda, obviando los dolorosos pinchazos de aquellos animalejos, que además de su mala presencia, emanaban un olor muy desagradable cuando morían.

 

A mí me encantaba escapar del fuerte calor dándome un chapuzón en aquellas frescas aguas.

 

Aunque no se efectuaban muchas fiestas en El Club, se celebraban actos los días festivos, patrióticos o tradicionales, cubanos o norteamericanos.

 

En ese sitio pude aprender lo que significa Haloween y quien era Santa Claus.

 

La fiesta más importante y de mayor asistencia y elegancia era la de esperar el arribo del nuevo año, para la cual contrataban una orquesta.

 

Para las señoras era una bendición El Club, y a no ser por él la vida en El Cayo  hubiera sido no solo aburrida y monótona, sino insoportable.

 

Un caluroso domingo fuimos a pasarlo al Náutico, como era nuestra costumbre.

 

Aunque mi padre me había convertido en un experto nadador, mi madre, que era extremadamente precavida, no me permitía deambular sin el consabido salvavidas.

 

Acudía a nuestro lugar de recreo un adolescente llamado Raúl, quien era inquieto e intrépido, siendo su actividad favorita brincar sobre un trampolín situado en la parte más profunda; efectuando audaces piruetas y tiradas.

 

Yo correteaba por los alrededores, cuando escuché a mi padre gritarle al temerario mocetón:     -“Raúl, no te tires al agua y sal inmediatamente de ese trampolín, porque hay un tiburón dentro de la poceta”.

Obedeciendo, Raúl salvó la vida ese día.

Cuando nos acercamos pudimos divisar una gran sombra que daba vueltas dentro del lugar cercado.

 

Era una “cornuda”, o “pez cabeza de martillo” que había penetrado a través de un poste defectuoso, probablemente carcomido por los efectos del mar y el transcurso del tiempo.

             

Hubo que llamar a un pescador experto, de apellido Gisbert para que arponeara y se deshiciera de aquel temible escualo.

 

Al día siguiente remplazaron el madero dañado e inspeccionaron los demás, sustituyendo todos los que lucían desgastados o defectuosos,

 

Aún con todas las precauciones y reparaciones, en lo sucesivo, antes de lanzarnos al agua, escudriñábamos el fondo minuciosamente, hasta estar completamente seguros que no había  peligro.

 

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LAS SUBVENCIONES


Teléfono de El Cayo

*                                                                                                                           *     

La Compañía proveía  los elementos imprescindibles, para la subsistencia y el buen funcionamiento del lugar, comenzando con el fluido eléctrico, que  era de doscientos veinte voltios en lugar del convencional de ciento diez.

 

La electricidad provenía de dos potentes plantas termoeléctricas que habían sido construidas en los Centrales Delicias y Chaparra, las cuales, concatenadas, suministraban ese servicio, no solamente a los ingenios, sus “bateyes” y El Cayo, sino también al resto del municipio de Puerto Padre, Holguín y Gibara.

 

Como en aquella época temían poco tiempo de inventados los refrigeradores y eran muy costosos, nos valíamos de neveras, que funcionaban con bloques de hielo, suministrados por La Compañía.

 

También brindaban servicio telefónico, que operaba desde centrales regionales, utilizando conexiones manuales y unidades de pared y “manigueta”, instaladas en oficinas, comercios y algunos hogares.

 

Como todos los teléfonos estaban en línea, para diferenciar a quien iba dirigida cualquier llamada, empleaban un código de timbrazos distintivos, siendo el de mi casa dos cortos y uno largo.

Ese servicio no ofrecía ninguna privacidad, porque todos los que estaban en la misma línea podían escuchar las conversaciones de los demás; pero todo era tolerable, debido a ser gratuito.

 

La gran ventaja era que teníamos la capacidad de comunicarnos con todo el municipio, pues se habían instalado estaciones locales, y la red se extendía hasta el más recóndito rincón, no solamente en los poblados, sino también en las colonias cañeras, algunas bien adentradas el lo profundo de la campiña.

 

Siendo un islote en medio de una gran bahía, era de esperar que el subsuelo no ofreciera agua idónea para el consumo humano.

 

Al no existir acueducto, o pozos artesanales con molinos de viento como en Puerto Padre, y debido a que el agua que se encontraba a pocos pies de profundidad era muy salobre, suministraban dos tipos; una muy pura para ingerir y cocinar y otra destinada a las demás necesidades, arribando ambas por ferrocarril en grandes tanques de acero.

 

La de uso común era distribuida por medio de un carretón tirado por una mula, que transitaba por los angostos callejones que separaban los domicilios.

 

Cada vivienda contaba con dos grandes barriles de madera, ubicados al lado de las cercas que las rodeaban, y para conveniencia de sus moradores, situados lo mas cercanamente posible a ellas, para facilitar su posterior acarreo.

 

El encargado del carro del agua, como le llamábamos, colocaba una gruesa manguera de goma dentro del tanque que llevaba su carreta, e introduciendo en su boca la otra punta absorbía fuertemente hasta que el líquido brotaba por el tubo y era transferida a los bidones.

 

Era la responsabilidad de cada uno de los habitantes del lugar el acarreo de la potable, y se obtenía directamente de los carros tanques, que estacionaban en una línea alejada del resto del transito ferrocarrilero.

 

Mi padre, quien durante toda su vida me inculcó la importancia de cumplir con los deberes y obligaciones que debe mantener todo hombre de bien, ordenó la construcción de una carretilla que acomodara dos grandes garrafones de cristal, siéndome, como inicio de mi formación, encomendada la tarea de utilizarla para buscar el precioso líquido, cada vez que fuera necesario.

 

El viaje de ida, con los recipientes vacíos, me era fácil completarlo rápidamente y lo consideraba casi un juego.

 

El regreso, debido a mis cortos años, estatura y peso, era una labor fuerte, viéndome en la necesidad de descansar varias veces antes de completar cada faena.

 

Por supuesto, mi padre se encargaba de cargar los receptáculos al interior de la casa, pues yo físicamente no podía.

 

Ese fue mi primer deber y obligación,  y aunque no era remunerado monetariamente, cada vez que completaba una de aquellas misiones, olvidándome del cansancio, me sentía extremadamente orgulloso y satisfecho de haber podido contribuir con mi esfuerzo, al bienestar colectivo de nuestro hogar.

 

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LOS JAMAIQUINOS 

  
Pescando desde los muelles

Habitaba El Cayo una amalgama étnica de empleados laborales, originarios de distintas islas cercanas a Cuba.

 

Procedían de  Barbados, Antigua, las islas Caimán, Turcos, Caicos, las Bahamas e Islas Vírgenes, pero la mayoría eran oriundos de Jamaica.

 

Los había, aunque en números menores de otras procedencias.

 

Para simplificar las cosas, todos los que hablaban el idioma Ingles eran llamados Jamaiquinos, sin importar cual fuera su lugar de origen.

 

Constituían un núcleo monolíticamente unido, quizás debido a que en casi su totalidad no dominaban el idioma español.

 

Aunque muy reservados eran educados, respetuosos y corteses.

 

Recuerdo con gran afecto a Ernest King, que había sido sargento del ejército Ingles durante la primera guerra mundial, quien por heridas recibidas en batalla cojeaba al caminar, llevando siempre prendidas en su camisa varias condecoraciones otorgadas por el gobierno Inglés por su valentía en combate.

 

El señor King era un hombre altísimo, pero delgado.

 

Por el contrario, su homónimo Ernest Young era de estatura baja, a la vez que fornido.

 

Ambos fueron grandes amigos, no solamente entre ellos, sino también de mi padre y míos.

 

Los dos hablaban un español pasable, acentuado con el melodioso deje de los habitantes de las indias occidentales.

 

Por mediación de los dos Ernests, que se convirtieron en mis guías y mentores dentro de aquel mundo, cerrado para ajenos, conocí a los demás y aunque siempre existió cierta dificultad con el idioma, pudimos entendernos y hasta lograron enseñarme lo primordial del Ingles del Rey, como ellos lo llamaban.

 

Aunque imperaba cierta dificultad cuando hablaban apresuradamente entre sí, yo me las ingeniaba para intercambiar ideas y aprender su gran habilidad para la pesca, que se sentían complacidos en transmitir a aquel chiquillo blanco que no les temía como la mayoría de los otros niños del lugar, mostrándoles agradecimiento por sus enseñanzas.

 

La pesca en los entornos era abundante y ellos, en sus ratos de ocio, la efectuaban desde los muelles.

 

Mientras esperaban pacientemente para capturar sus presas, ingerían una mezcla de lo que algunas personas consideran venenosa, ron antillano y “guineos”, y nunca tuve conocimiento que ninguno se hubiera intoxicado o enfermado con aquella inusual combinación.

 

Una de sus técnicas de pesca era extremadamente peculiar, porque en lugar de los tradicionales avíos, confeccionaban, tallando huesos de animales, un artefacto al cual le proporcionaban la configuración mas parecida a un pececito, labrando su extremo en forma de un anzuelo convencional, que les permitían no tener que utilizar carnada.

 

Los mencionados e inusuales señuelos eran atados primeramente a un trozo corto de alambre, al que le agregaban lastre, y luego a un cordel de pita, amarrado a una varita de bambú.

 

Al entronizar aquel insólito atuendo en el agua, comenzaban a moverlo con un ritmo constante, de izquierda a derecha y viceversa, pero siempre con la vista fija en el lugar donde quedaba sumergido.

 

Cuando un pez picaba lo que le había parecido una apetitosa presa, con un súbito movimiento conseguían engancharlo, subiéndolo con presteza e introduciéndolo en un balde que precavidamente tenían lleno de agua de mar, para que no muriera pronto y poder llevarlo lo mas fresco posible a sus moradas.

 

Esos hábiles pescadores suplementaban así las dietas de sus familias, pues era tal su habilidad que no pasaba un día sin que  atraparan lo suficiente para su sustento.

 

Mis amigos me instruyeron también en la táctica de confeccionar angoa, para atraer los peces, cuando en el tiempo muerto estaban los muelles vacíos, sin buques que arrojaran desperdicios de comida sobre sus bordas.

 

Otra de las habilidades que pude observar en ellos, era su forma característica de capturar cangrejos.

 

Para hacerlos salir de sus cuevas vertían en ellas chorritos de agua dulce, poniendo sobre las mismas, con el fondo hacia arriba, latas vacías de mediano tamaño, sobre las cuales hacían con sus dedos un sonido que simulaba truenos.

 

Los crustáceos, creyendo que estaba lloviendo, salían de sus guaridas, en cuyo instante eran atrapados y echados en un saco.

 

Las muelas de cangrejo moro son un delicioso manjar.

 

Una de sus especialidades culinarias era confeccionar empanadas, a las que llamaban “patties”, las cuales saludablemente horneaban, en lugar de freírlas.

 

Algo deliciosamente inolvidable, que para mi deleite me brindaban cada vez que las confeccionaban, eran las apetitosas sopas de cobo.

 

Su distintivo gusto nunca podrá borrarse de mi memoria, y aún las añoro, ordenándolas cada vez que aparecen en el menú de cualquier restaurante que visito.

 

Hasta ahora, aunque parecidas, no he encontrado ningún lugar, ni nadie en particular, que sepa prepararlas con el mismo delicioso sabor que ellos le proporcionaban.

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LOS MUELLES Y LA GUASA


La Guasa

 

A los muelles atracaban todo tipo de barcos, movidos por vapor de agua o motores de petróleo; desde pequeños, dedicados al cabotaje, entre los cuales recuerdo el Polar y el Tropical; medianos para travesías a puertos cercanos de los Estados Unidos y Méjico; de carga y pasajeros como el Habana, así como los de gran calado, que viajaban los siete mares, transportando los productos de los centrales azucareros.

 

Los mayores eran enormes navíos que cargaban azúcar envasada en sacos de yute de doscientas veinte libras de peso; y los buques cisternas, a los que bombeaban dentro de sus inmensas entrañas la miel de purga.

 

Allí se encontraba la mayor, a la vez que la mas sofisticada y moderna de todas las instalaciones de bombeo de ese tipo.

 

Dichos atracaderos estaban capacitados para albergar cualquier embarcación, pues aquella parte de la bahía tenía la profundidad suficiente para acomodarlas sin importar cual fuera su tamaño.

 

A un lado de los muelles había un sitio muy profundo, en forma de “veril”, cerrado por una muralla rocosa.    Se decía que ese lugar se encontraba habitado por una enorme Guasa, con una descomunal boca, la cual se suponía había quedado atrapada al crecer en ese cercado recinto.

 

En honor a la verdad nunca tuve la oportunidad de verla, porque mi madre me había prohibido terminantemente acercarme donde supuestamente vivía el monstruo.

 

Según una leyenda local, que nunca escuche refutar, el infeliz que tuviera la mala suerte de caer donde ella moraba, terminaría su existencia dentro de su buche, pues en una ocasión se había tragado una persona de un solo bocado.

 

Igual que todo el resto de los habitantes, yo le tenía un gran respeto al lugar.

 

 

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LAS LANCHITAS

 


Lanchita de pasajeros

Existían en Puerto Padre dos pequeñas empresas de transporte marítimo que prestaban servicios hacia y desde Cayo y la Playa de La Boca, la más hermosa del mundo.  

Los propietarios de las mismas eran dos señores nombrados Juan Mora y Enrique Roque.

 

Constaban ambas con lanchitas que movían pasajeros entre esos puntos, cubriendo una necesidad imprescindible a un precio módico.

Aunque sus asientos no eran muy confortables por ser de madera, sin ningún acolchonamiento, tenían suficiente capacidad para transportar múltiples pasajeros.

 

Partían en Puerto Padre desde dos lugares distintos.

 

Las de Juan Mora desde un muellecito que llevaba su nombre, situado entre el Boquerón y el manantial de agua dulce que brota dentro del mar.

 

Las de Enrique Roque desde el muelle principal del pueblo, que tenía adjunto un pequeño atracadero para botes menores, con un adyacente pontón flotante que se ajustaba a la altura de la marea para mayor facilidad de embarque.

 

Las dos contaban con respectivas facilidades en sus puntos de destino.

 

Debido a que nuestras familias vivían en Puerto Padre y nosotros en El Cayo, nos transportábamos en esos barquitos asiduamente, así como movíamos en ellos las facturas mensuales que adquiríamos en la tienda de víveres propiedad de Carlos Jesús Llerena en Puerto Padre.

 

Fueron en su época modelo de eficiencia y seguridad, no recordando que hubiera ocurrido ningún accidente.

Los viajes en que nos servimos de ellas fueron más que travesías necesarias, aventuras placenteras.


 

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PIRULÍ


Pirulí

Para Rafael De la Rosa, un tío paterno, yo era, o por lo menos me consideraba, su sobrino predilecto.

 

Era familiar, afable, alegre, parrandero y mujeriego, además de ser muy elocuente y con mucha imaginación.

 

Tenía una habilidad única para ponerle nombres peculiares a sus animales, ejemplo de ello era que tuvo un caballo al que llamó Parran