Remembranzas Quiero dedicar estas líneas, extraídas desde lo más recóndito de mi memoria, a mis padres, Ricardo De La Rosa Rosende y Eulalia Machado Montes de Oca. El siguiente relato no tiene pretensiones históricas ni literarias, siendo su única intención describir vivencias de mi
infancia.
Aunque perduran indelebles recuerdos, que espero exponer fidedignamente, siempre existe la posibilidad de que algunos datos pudieran contener erratas. Algunas veces el tiempo es cruel e inexorable. Richard ----------ooOoo-----------
EL VIAJE
Lanchita
rumbo a El Cayo
Navegaba la lanchita, lenta, pero persistentemente, rumbo a su destino, el
Cayo Juan Claro.
El rítmico sonido del motor de sesenta caballos de fuerza lanzaba quejidos
lastimeros, como queriendo expresar lo tedioso de su trabajo, el esfuerzo
inmenso de mover aquel barquichuelo sobrecargado de personas, sobre un mar,
cuyas olas, aunque no peligrosamente altas, sí algo inquietas.
Había quienes se habían instalado no solamente en la popa, sino también
sobre el techo y ambas bordas.
Sentado en una de ellas, con su espalda muy cerca del agua, iba un señor llamado Segundo Betancourt, muy
famoso por sus chistosas ocurrencias,
quién, poniéndose de pie súbitamente al ser salpicado por una ola exclamó: -¡Se
me ha mojado el As de Oro!”.
Yo me había acomodado en la proa, debido al panorama privilegiado que me
ofrecía ese lugar.
En aquella época de mi vida, la vista era larga, por ser la edad corta, y
más que simples siluetas, podía distinguir en la lejanía diáfanos detalles de
lo que me brindaba el horizonte.
Por mucho que indagué, nadie supo informarme en honor a que personaje le agregaron el apelativo Juan Claro. En lo adelante, lo nombraré simplemente “El Cayo”.
Cuando atracamos a un pequeño muellecito, sus límpidas aguas, en contraste
con las profundas de la bahía, permitían observar con nitidez el fondo del mar.
Se distinguían pececillos de múltiples colores, siendo tal la
transparencia, que entusiasmado por su aparente cercanía, traté de capturarlos,
logrando solamente empapar las mangas de mi camisa.
Para mi asombro, descubrí que había más de dos brazas de calado,
encontrándose totalmente fuera de mi alcance.
Esa fue la inicial de innumerables sorpresas, así como la primera lección
de las muchas que allí recibí.
Para mí, aquel paradisíaco lugar se convirtió súbitamente en un amor a primera vista.
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EL CAYO
El Pedraplén hacia El Cayo
Mi padre había sido nombrado a una posición gubernamental, Inspector jefe
de la Aduana en mi pueblo natal, Puerto Padre e íbamos a residir a El Cayo.
Tenía el progenitor de mis días la responsabilidad de aprobar los
manifiestos, despachos y mercancías, de los navíos que arribaban a puerto, para
descargar productos o llevar azúcar y miel de purga a distintos puntos del
planeta.
Aunque le llamaban Cayo, el ingenio fecundo del hombre, sin tener en cuenta
la poco avanzada tecnología de la época, logró convertir un islote en una
península.
El General Mambí, Mario García Menocal, quien había sido Presidente de la
Republica, elegido democráticamente por nuestros ciudadanos por dos períodos
consecutivos, y líder del partido político Conservador, era asimismo un
ingeniero muy talentoso, quien recientemente había consumado la construcción en
nuestro municipio del Central azucarero “Delicias”, el mayor del mundo en esa
época.
Dicho central, unido al ya existente “Chaparra” constituían dos colosos
azucareros, con una enorme capacidad de producción.
Ambos eran propiedad de la empresa Cuban Ameriacan Sugar Mills, la que subsecuentemente nombraré “La Compañía”.
Ante la necesidad de encontrar un lugar conveniente para embarcar sus
productos, ubicado en la cercanía de ambos centrales, que asimismo tuviera el
suficiente calado para albergar todo tipo de buques, fue elegido El Cayo, lugar
que reunía todas esas condiciones, menos una, que fue habilidosamente
solucionada, cuando Menocal planeó y edificó una obra portentosa.
Rellenando las partes bajas de la bahía, conectaron aquella islita con la
tierra firme, montando sobre el construido pedraplén una vía férrea, así como tendidos eléctricos y telefónicos.
También fueron creadas en el lugar elegido todas las condiciones
adicionales, imprescindibles para su buen funcionamiento, incluyendo viviendas.
Los almacenes destinados a guardar el azúcar eran enormes. El mayor de ellos, por su gran tamaño era
llamado “El Capitolio”.
Los tanques de miel eran también descomunales, siendo sus facilidades de
bombeo hacia los buques cisternas las mayores y más modernas del mundo.
Cerca de los muelles se encontraba el Departamento Comercial, una tienda
mixta propiedad de La Compañía, donde podían adquirirse gran diversidad de
artículos, víveres, y enseres.
Frente a ese comercio se encontraba una “fonda”, cuyo propietario brindaba
excelente comida, a precios razonables.
Por no ser demasiado extenso el territorio, además de estrecho y alargado,
solo contaba con un número muy reducido de calles, cuya mayoría eran mas bien
angostos callejones que separaban las residencias, no existiendo ningún tipo de
automóviles o camiones, que por aquella época de los años treinta ya se hacían
notar en muchas ciudades y pueblos.
Los medios de transportación se componían de tres carretones tirados por
mulas, que se utilizaban con el propósito de acopiar la basura, repartir el
hielo y acarrear agua para la limpieza y el aseo personal.
Todo otro movimiento urbano era efectuado a pie o en bicicleta.
Era de gran provecho para la administración de los ingenios que viviéramos
en El Cayo y no en Puerto Padre, porque al no tener que aguardar por el viaje
del inspector jefe cada vez que arribaba una nave de bandera foránea, los
trámites se efectuarían al momento de su llegada, ahorrándose La Compañía el
pago de cargos extra, que cobraban las empresas navieras por cualquier tiempo
adicional que sus buques estuvieran ociosos en puerto.
Debido a esa conveniencia y la importancia del empleo de mi padre nos
brindaron gratuitamente una de las mejores residencias del lugar, con otros
beneficios adicionales sin cargo alguno, como teléfono, luz e hielo.
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El CHALET
Todas las casas en El Cayo habían
sido construidas por La Compañía, para albergar las familias de sus empleados.
A las mejores, reservadas para los ejecutivos, les llamaban “Chalets”
El que nos adjudicaron era muy amplio, situado cerca del extremo norte, en
la mejor parte de la calle principal y convenientemente alejado de los
embarcaderos y almacenes.
Era de recia construcción, edificado, en forma de “U”, montado sobre
pilotes de aproximadamente cuarenta pulgadas de altura, con la finalidad de
prevenir inundaciones.
El techo, corredores y los pisos habían sido construidos utilizando maderas
de excelente calidad.
Al frente tenía un extenso portal, detrás del cual se encontraban, en el
centro una sala de gran tamaño, donde mi madre pudo acomodar su piano sin
dificultad, y a su lado, iniciando el ala izquierda, la amplia habitación de
mis padres, seguidas por tres más, no tan extensas, destinadas a invitados y el
servicio doméstico.
Detrás de la sala y el comedor, había un pequeño corredor techado, que
conectaba las dos hileras de aposentos.
En el ala derecha, después del portal, estaba mi dormitorio, que aunque no
era muy espacioso me gustó mucho, porque tenía una ventana con vista a la
calle; continuando con un amplio comedor, seguido de la cocina, al fondo de la
cual, separados por un pasillo, se encontraban dos cuarticos, que eran
utilizados, uno para almacenar el carbón vegetal que alimentaba el fogón y otro
que (no existiendo tuberías para duchas) era empleado para bañarse por medio de
un “balde” y una lata, sobre el piso, que había sido convenientemente
barrenado, para que el agua cayera bajo la casa.
Tenía un amplio patio rodeado por una cerca de madera, donde, con cierta
separación de la vivienda, se encontraba una casita preparada para evacuar las
necesidades fisiológicas, por no haber en todo el lugar agua corriente ni
alcantarillado para inodoros.
Junto a la cerca derecha, que colindaba con un pequeño callejón, estaban
situados dos bidones de madera, que se empleaban para almacenar agua destinada
a la limpieza y el aseo personal.
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EL PRIMER RECORRIDO
Cargando Miel
Debido a la previsora iniciativa de mis padres, habíamos desembarcado con
solo un ligero equipaje de mano.
Al arribar a nuestro nuevo domicilio, los muebles, la mayoría de la ropa,
utensilios y artículos personales, así como una factura de víveres habían
llegado anticipadamente.
Todo había sido conveniente y anteladamente colocado en sus sitios
correspondientes, cuando mis padres realizaron un viaje previo.
Llegando a la casa, Cuca, la cocinera, que ya estaba instalada desde el día
anterior, comenzó a confeccionarnos un exquisito almuerzo, pidiéndonos que le
concediéramos algún tiempo para terminarlo.
Mientras esperábamos, para aprovechar el intervalo, decidimos pasar revista
los alrededores.
Como el lugar no era muy extenso, mis padres pudieron mostrarme varios
sitios en los contados minutos que teníamos disponibles.
Pudimos ver de cerca los almacenes de azúcar, muelles, tanques, e
instalaciones de bombeo.
Inspeccionamos el Departamento Comercial, donde tuvimos la oportunidad de
conversar con su administrador, el señor Ríos, quien muy amablemente nos mostró
las distintas secciones de que contaba, así como algunas mercancías.
Nuestra última visita fue a la fonda, donde, después de tomar un
refrigerio, su propietario nos dio la bienvenida, obsequiándonos con uno de los deliciosos postres que allí
se confeccionaban.
Cuando regresamos a nuestro recién estrenado hogar, ya nada me era
completamente desconocido, faltándome solamente volver a recorrer
minuciosamente los lugares que brevemente había visitado, algunos de los cuales
habían incentivado mi interés o curiosidad.
Sabía que mi estancia en El Cayo iba a ser extensa y me quedaba suficiente
tiempo para efectuarlo.
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